La elefanta que se enamoró tras pasar 37 años cautiva

elefantasLa elefanta Mae Kam encontró a su alma gemela tras una vida miserable. Había pasado 37 años trabajando para la industria de explotación de animales de Tailandia. Llevaba turistas y grandes pesos por la selva de Chiang Mai.

 

Mae Kam parió dos veces y las dos perdió a sus crías. La primera en el parto; la segunda por la picadura de una cobra. Ella no pudo hacer nada porque se encontraba atada con una cadena a los pies. Se desesperó y lloró al bebé durante semanas.

Desde la muerte de la cría, la elefanta no volvió a ser la misma.

Se negó a transportar a más turistas: los tiraba a todos al suelo. Para intentar que reaccionara, los mahouts (personas que montan y trabajan con elefantes en Asia) le pegaban con una cuchilla afilada, incrustada en una caña de bambú. Pese a los golpes, la elefanta se negaba a obedecer.

Fue entonces cuando, por suerte, aparecieron Emily McWilliam y Burm Rinkaew, cofundadores del santuario  BEES . Se enteraron de lo que le pasaba a Mae Kamp y le preguntaron al hombre que la explotaba si se la podían llevar al santuario. El hombre se resistió: ¿cómo se iba a ganar la vida sin ella?   McWilliam y Rinkaew encontraron la solución: le pagarían un alquiler por mantenerla en el Santuario.

Así la vida de Mae Kam dió un giro de 180 grados.

Los primeros días, la elefante se mostraba huraña  con los humanos.  Se la veía tranquila y feliz de poder dedicarse a sus comportamientos normales: bañarse, llenarse de polvo, explorar el entorno y embarrarse. También se podía frotar contra los árboles, ¡nunca había podido hacerlo en cautividad!

Pero la vida aún le reservaba más sorpresas positivas. Dos meses después, llegó al Santuario otra elefanta retirada: Mae Jumpee, de 71 años. También procedía de la industria tailandesa de la cautividad.

McWilliam y Rinkaew pensaban en presentarlas pero, con sus antecedentes, no sabían si iban a caerse bien. “No estábamos seguros de que Mae Kam fuese a aceptar a otro elefante, después de explorar sola el entorno durante dos meses”, asegura McWilliam.

Tras un primer intento, infructuoso, Mae Kam y  Mae Jumpee’s se tocaron, y algo pasó. Apareció la magia. La luz. La química ¡quién sabe!

Empezaron a jugar con las trompas, a olerse, a refregarse en ellas, a olerse los genitales. A mostrarse afecto.

Desde entonces, no han vuelto a separarse. Dan largos paseos juntas por la selva, se rascan una a la otra, toman baños de barro, recogen y comparten frutas y bambú … Hacen turnos cuando encuentran un buen árbol en el que frotarse.

McWilliam asegura que: “tienen un vínculo muy fuerte. Se quieren la una a la otra profundamente”.

 

Fuente y fotos Thedodo.com. Para ver todas las imágenes, haz clic aquí (en inglés)

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